Linda tramoya.

Supone un ejemplo perfecto para ignorar la tacha de que todas las comedias de capa y espada son iguales, recordando que, «a partir de un tema común, lo notable y arriesgado (y meritorio) consiste en saber introducir variaciones». Como Calderón, Fernando Ramos (que firma la versión, la dirección y la dirección de producción) encadena la atención del espectador llevándole, de lance en lance y de situación en situación, a una tan complicada, que su ingenioso y verosímil desenredo termina convirtiendo en natural aquello que parecía imposible, abortando la tragedia vislumbrada y forzando el final feliz de la comedia; no obstante, para la ocasión, el versionador opta por acercar la obra al público desacostumbrado al verso, manteniendo su poesía pero renunciando a la rima, vertiendo el texto a una prosa eficaz y graciosa que no echa en falta, en cualquier caso, los formalismos propios del teatro del Siglo de Oro.

En ella, queda más que demostrado que todos los personajes pueden desempeñar en ciertos casos la función cómica y que lo normal «es la mezcla de ingeniosos (burladores) y ridículos (burlados)». A pesar de ello, parece evidente que las verdaderas protagonistas de CASA CON DOS PUERTAS, MALA ES DE GUARDAR son aquellas que abren y cierran el paso a galanes y damas; aquellas por las que entran y salen sus enredos; aquellas que desde el mismo título hacen valer su determinante funcionalidad para el desarrollo de una trama que va más allá de lo que anuncia aquel

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